JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, mi amo —contestó.
Con el tratamiento precedente se sustituÃa el tÃtulo de Majestad, de que la favorita habÃa despojado al monarca en Luciennes por uno de sus innumerables caprichos.
—¿Ha ido al estanque de las carpas?
Gastando el oro a manos llenas, habÃan abierto un lago en medio de la montaña, que se surtÃa con las aguas del acueducto, y habÃan llevado a él las carpas más hermosas de Versalles.
—Tampoco, mi amo —repitió Zamora.
—Pues ¿dónde se encuentra?
—En ParÃs.
—¡Cómo en ParÃs…! ¿No ha venido la condesa a Luciennes?
—No, mi amo, pero ha mandado a Zamora.
—¿Con qué fin?
—Para que reciba al rey.
—¡Cómo! —exclamo el rey—; ¿te confÃan el cuidado de recibirme? ¡A fe mÃa, que es agradable la compañÃa de Zamora! Lo agradezco, condesa, lo agradezco —repitió el monarca levantándose despechado.
—No, mi amo —repuso el negrillo—, el rey no tendrá la sociedad de Zamora.
—¿Por qué?
—Porque se marcha.
—¿Y adónde vas?