JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En la orilla veíanse aparecer los enormes hocicos de algunos peces silenciosos, que seguros de nunca tropezar con el anzuelo ni la red, acudían a chupar los pendientes tréboles, y a fijar sus ojos, al parecer sin vista, en los lagartos y ranas que jugueteaban entre los juncos.
Así que contempló el rey con detenimiento todos los ángulos del paisaje, como hombre experimentado en la manera de emplear el tiempo, y después de contar las casas de la aldea más cercana y las poblaciones que alcanzaba con la vista, tomó el pan del plato que junto a él estaba, y empezó a cortarle en rebanadas.
Los peces oyeron rechinar el acero en la corteza, y acostumbrados a aquel ruido que les anunciaba la comida, acudieron presurosos a presentarse, aproximándose cuanto les fue posible a Su Majestad para que se sirviera suministrarles su alimento cotidiano. Por el último de los lacayos hubieran hecho lo mismo; pero el monarca creyó sencillamente que sólo a él guardaban aquellas atenciones.
Empezó, pues, a lanzar consecutivamente los pedazos de pan, que sumergiéndose al principio, salía; luego sobre la superficie del estanque, eran durante algunos instantes disputados, y desmigajándose disueltos por el agua, desaparecían pronto.