JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después de media hora, Su Majestad, que había tenido la paciencia de cortar unas cien rebanadas, disfrutaba también de la satisfacción de no ver sobrenadar ni una sola, aburrióse; y recordando que M. Boucher podría proporcionarle una distracción secundaría, aun cuando fuese menos divertida que la de las carpas, se convenció de que en el campo es preciso conformarse con lo que se encuentra.
Dirigióse hacia el pabellón, y Boucher, que ya estaba prevenido, le seguía con la vista, sin dejar de pintar, o más bien, aparentando que pintaba. Tan pronto como se convenció de que él venía a visitarle, arregló enajenado de gozo su guirindola, y subió a la escalera, pues le habían especialmente encargado que fingiese ignorar la presencia del rey en Luciennes. Apenas oyó crujir el pavimento bajo las plantas del amo, empezó a bosquejar a una pastorcita vestida de un traje de raso azul, y cubierta con un sombrerillo de paja.
Temblaba su mano, y el corazón le latía violentamente.
Luis XV se detuvo en la puerta, y dijo:
—¡Hola! ¡M. Boucher!, ¡cómo oléis a trementina!
Y se adelantó.
El infeliz pintor aguardaba otra cosa a pesar de lo poco artista que era el monarca y estuvo próximo a caer de la escalera.