JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Bajó y se fue con los ojos llenos de lágrimas, sin raspar su paleta, ni lavar sus pinceles, cosa que nunca omitÃa al terminar su tarea.
Miró el rey el reloj: eran las siete.
Habiendo vuelto al castillo hizo rabiar al mono, hablar a la cotorra, y sacó uno por uno todos los objetos de china que habÃa en los armarios.
Anocheció entretanto, y el rey, a quien no le agradaba la oscuridad, ordenó que encendieran; y en fin, cada vez más fastidiado, pues tampoco querÃa estar solo.
—Que estén preparados mis caballos para dentro de un cuarto de hora —gritó.
Y luego añadió hablando consigo mismo:
—SÃ, un cuarto de hora la aguardo todavÃa… pero ni un minuto más.
Y reclinóse en el canapé frente a la chimenea, imponiéndose la obligación de esperar que los quince minutos, o sea novecientos segundos, transcurriesen.
HabÃan pasado cuatrocientas ondulaciones de la péndola del reloj que representaba un elefante azul, montado por una sultana, color de rosa. Su Majestad dormÃa.