JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Como era muy natural, el lacayo que entró para decirle que estaba enganchado el coche, no tuvo el atrevimiento de despertarle. Semejante respeto al augusto sueño dio por resultado que al despertar el rey se hallase a frente con madame Du Barry, que le miraba con los ojos desmesuradamente abiertos. Zamora aguardaba órdenes junto a la puerta.
—¡Hola!, ¿estáis aquÃ, condesa? —dijo el rey sin levantarse, pero adoptando una posición vertical.
—Aquà estoy, sÃ, señor, ya hace bastante tiempo.
—¡Cómo!, ¡cómo!, mucho tiempo…
—Lo menos hace una hora. ¡Jesús!, ¡cuánto duerme Vuestra Majestad…!
—¿Y qué habÃa de hacer, condesa? Aburrido por no encontraros aquÃ; además, como duermo tan poco de noche… ¿pero sabéis que me iba?
—SÃ, vi enganchados los caballos de Vuestra Majestad.
—¡Son las diez y media! —dijo el rey después de mirar el reloj—, ¡he dormido cerca de tres horas!
—Asà es, señor; luego diréis que no se duerme bien en Luciennes.
—No trato de desmentiros; pero ¿qué veo ah� —añadió Luis XV divisando a Zamora.
—El gobernador de Luciennes.