JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Me figuro que Vuestra Majestad me hará el honor de creer —dijo la condesa sonriendo—, que no es el primero a quien le ha ocurrido esa idea.
—Y además, la mañana está bastante hermosa para trabajar: almorcemos.
—Espero, sin embargo, me concedáis algunas firmas.
—¿Para madame de Béarn?
—Justo, y fijáis el dÃa.
—¿Para qué?
—Y hora.
—¿Qué hora?
—El dÃa y la hora de mi presentación.
—¡No es posible negar que la habéis ganado bien, condesa! Fijad vos misma el dÃa.
—Cuanto más próximo, serÃa mejor.
—¿Conque todo está ya corriente?
—SÃ.
—¿Aprendisteis a hacer las tres reverencias?
—¡Ya lo creo! Un año hará que las estoy ensayando.
—¿Tenéis traje?
—En veinticuatro horas está hecho.
—¿Y madrina?
—La espero dentro de una hora.
—¡Bien!, pues hagamos un trato.
—¿Cuál?