JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Que no me hablaréis del lance del vizconde con el barón de Taverney.
—¿Es decir que sacrificamos a mi pobre hermano?
—Es preciso, condesa.
—Bien, me conformo… Señalad el dÃa.
—Pasado mañana.
—¿A qué hora?
—A las diez de la noche, como se acostumbra.
—¿Convenido?
—Convenido.
—¿Palabra de rey?
—A fe de caballero.
La favorita, tendiendo su mano a Luis XV, dijo con una gracia inimitable:
—Esos cinco, Francia.
Y el rey dejó caer su mano sobre la de ella.
La alegrÃa del rey se comunicó a todo Luciennes. HabÃa transigido en una cuestión sobre la cual hacÃa tiempo estaba resuelto a ceder, ganando, sin embargo, infinitamente en otra. DarÃa cien mil libras a Juan, con condición de que se marchase a jugarlas a los baños de los Pirineos o de Auvernia, y esto pasarÃa por un destierro a los ojos de los Choiseul. Diéronse luises de oro a los pobres y bizcochos a las carpas, y tributáronse elogios a las pinturas de Boucher.
Aunque habÃa cenado a las mil maravillas la vÃspera, Su Majestad almorzó con gran apetito.