JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En esto dieron las once y la condesa miraba sin cesar el reloj que, según sus deseos, caminaba con demasiada lentitud. El rey mismo se habÃa molestado en decir, que cuando llegara madame de Béarn, se la introdujese en el comedor.
Pero contra las ilusiones de la favorita se hizo el café, y se bebió muy sosegadamente sin que su madrina llegase.
A las once y cuarto oyóse el galope de un caballo en el patio.
La condesa se asomó precipitadamente, mientras un emisario del vizconde se apeaba de un caballo empapado en sudor.
Tembló la favorita, llena de inquietud; pero como para mantener al rey en sus buenas intenciones, era preciso que no conociese su turbación, volvió a sentarse enseguida a su lado.
No tardó mucho en presentarse Chon con una esquela en la mano.
No era posible retroceder; era necesario leerla.
—¿Qué es eso, querida —preguntó el rey—, alguna carta amorosa?
—Precisamente, señor.
—¿Y de quién es?
—Del pobre vizconde.
—¿De veras?
—Vedlo, si no.