JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y por qué? —prosiguió Rousseau—, porque el hombre no puede obrar de dos maneras; porque la mano que ha escrito que la potestad real es un abuso, no puede ir a pordiosear un favor del rey; porque yo, que conozco cuánto perjudican al pueblo esas fiestas, pues en cada una se le arrebata parte de ese bienestar que le queda y que a duras penas basta para que no se insurreccione, yo protesto con mi ausencia contra todas ellas. Sepamos al menos qué pensáis hacer en San Dionisio.
—Soy discreto.
Sorprendieron estas palabras a Rousseau; conoció que tanta obstinación ocultaba algún misterio, y contempló al joven con cierta admiración que le inspiraba aquel carácter.
—Vamos —dijo—, ¿tenéis motivos? Más vale asÃ.
—Uno tengo, sÃ, señor; y os juro que en nada se parece a la curiosidad que despierta un espectáculo.
—Mejor o quizá peor, porque vuestras miradas son demasiado intensas y en vano busco en ellas el candor y la calma propias de la juventud.
—Os dije ya que he sido desgraciado, y que para los desgraciados no hay juventud. ¿Conque quedamos en que me autorizáis para disponer del dÃa de mañana?
—SÃ, amigo mÃo.
—Muchas gracias.