JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Llamando a la puertecita que hay al extremo de la tapia, o a la puerta principal.
—¿Sabéis, señora —dijo otro acercándose—, que la superiora es ahora Su Alteza Real madame Luisa de Francia?
—Lo sé.
—¡Voto a brÃos, qué caballo tan hermoso! —dijo un dragón de la reina examinando la cabalgadura de la extranjera—. ¿Sabéis que si ese caballo no ha cerrado, vale quinientos luises, tan cierto como el mÃo vale cien doblones?
Causaron extraordinario efecto aquellas palabras en la multitud.
Un canónigo que miraba en aquel instante a la joven sin cuidarse del caballo, se abrió paso hasta ella, y gracias a un secreto que conocÃa, abrió la puerta del torno.
—Entrad, señora —dijo—, y meted dentro vuestro caballo.
Deseando la viajera evitar las ávidas miradas de la muchedumbre, pues le abrumaban muchÃsimo, se apresuró a seguir aquel consejo y desapareció detrás de la puerta.