JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Al hallarse sola en el patio, sacudió las riendas del caballo que agitó tan bruscamente todo su caparazón batiendo al mismo tiempo tan vigorosamente el pavimento con los cascos, que la hermana tornera, que por un momento se había separado de su celda, situada al lado de la puerta, se lanzó de lo interior del convento.

—¿Qué se os ofrece, señora —exclamó—, y cómo habéis entrado aquí?

—Un buen sacerdote me ha abierto la puerta —contestó aquella—, y desearía, si puede ser, hablar a la superiora.

—No recibe esta tarde.

—Con todo, me han asegurado que las superioras de conventos están obligadas a recibir en cualquier hora del día o de la noche a aquellas de sus hermanas del mundo que llegan en demanda de algún socorro.

—Puede hacerse así en circunstancias ordinarias, pero no hace más que dos días que Su Alteza se halla en este convento y esta tarde celebra capítulo.

—Señora —repuso la extranjera—, vengo desde muy lejos, vengo de Roma. He caminado sesenta leguas a caballo, y me faltan ya las fuerzas.

—¡Qué le vamos a hacer! La orden de Su Alteza es formal.

—Hermana, es necesario que reveléis a vuestra abadesa cosas de la mayor importancia. —Mañana podéis volver.


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