JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es imposible… he estado un dÃa en ParÃs, durante el cual yo… además, yo no puedo pernoctar en la posada.
—¿Por qué?
—Porque no tengo dinero.
Examinó con asombro la tornera a aquella mujer que, cubierta de piedras preciosas y dueña de un hermoso caballo, pretendÃa no obstante no tener suficiente dinero para satisfacer el gasto que pudiera hacer una noche en la posada.
—No, no hagáis caso de mis palabras ni de mi traje —agregó la desconocida—; no he hablado con exactitud al decir que carecÃa de dinero, pues no dudo que me fiarÃan en cualquier posada que entrase. ¡Ay!, no es un albergue lo que solicito aquÃ, es un amparo, un asilo.
—Pero además de este convento hay otros en San Dionisio, y cada uno tiene su superiora.
—SÃ, sÃ, ya lo sé; pero no es una abadesa vulgar la que busco, ni a la que puedo dirigirme.
—Me parece que nada conseguiréis insistiendo: madame Luisa de Francia no se ocupa ya de las cosas de este mundo.
—¿Qué os importa? Decidle, sin embargo, que deseo hablarla.
—Ya os he manifestado que celebra junta.
—¿Y después?