JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si apenas ha principiado.
—Entraré en la iglesia, y aguardaré rezando.
—Cuánto siento deciros, señora…
—¿Qué?
—Que no podéis entrar.
—¿Qué no puedo entrar?
—No.
—¡Ah!, ¿de modo que estaba equivocada? ¿Conque es decir que no es esta la casa del Dios misericordioso? —exclamó la recién llegada con tal extraordinaria energÃa en su mirada y voz, que no atreviéndose la religiosa a cargar sobre sà con la responsabilidad de resistir más tiempo, contestó:
—Bueno: intercederé algo en favor vuestro.
—¡Ah!, no olvidéis decir a Su Alteza que vengo de Roma, que no he tenido en el camino más descanso que el preciso para dormir en dos cortas paradas que he hecho, una en Maguncia, otra en Estrasburgo, y por último que hace cuatro dÃas que no he descansado, sino a fin de recobrar las fuerzas necesarias para resistir el galope del caballo, y para darle a él también las que le eran indispensables para sostenerme.
—Bien, hermana —contestó la religiosa alejándose. A poco regresó acompañada de una hermana lega.
—¿Y qué? —dijo la extranjera, provocando la respuesta que con tanto anhelo esperaba.