JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ha dicho Su Alteza Real —respondió la hermana lega—, que es absolutamente imposible daros audiencia esta tarde; pero que os ofrece la hospitalidad en el convento, ya que tanta necesidad tenéis de encontrar un asilo. Podéis entrar, hermana, y si os halláis tan cansada como decÃs, debéis acostaros.
—¿Y mi caballo?
—Se cuidará de él, podéis estar tranquila.
—Es tan manso como un corderillo; su nombre es Djerid, y acude cuando se le llama. Os lo recomiendo con interés, porque es un animal que estimo mucho.
—Se le tratará como a los caballos del rey.
—Gracias.
—Ahora conducid a esta señora a su aposento —dijo la hermana lega a la tornera.
—No, acompañadme más bien a la iglesia —repuso la desconocida—: No necesito dormir, sino orar.
—Abierta está la capilla, hermana —dijo la religiosa señalando con el dedo una puertecita lateral que comunicaba con la iglesia.
—¿Y cuándo podré ver a la superiora?
—Mañana.
—¿Temprano?
—Acaso será imposible.
—¿Por qué?
—Porque estará ocupada con una gran recepción.