JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh!, ¿a quién podrá recibir que tenga más necesidad o sea más desgraciada que yo?
—La princesa MarÃa Antonieta nos dispensa el honor de detenerse dos horas en este convento, al pasar por aquà mañana. Es un señalado favor para nuestra comunidad, una gran función para nuestras pobres hermanas; de manera que ya comprenderéis.
—¡Ay!
—La señora abadesa desea que todo sea digno de los augustos huéspedes que vamos a recibir.
—Pero… —repuso la extranjera mirando a su alrededor con visibles muestras de asombro—: ¿Mientras me sea permitido hablar con nuestra augusta superiora, me encontraré aquà segura?
—SÃ, hermana mÃa, nuestra casa es un asilo hasta para los culpables, con mucha más razón para los…
—Fugitivos —prosiguió la desconocida—; bien. De suerte que nadie entrará aquÃ, ¿no es verdad?
—Sin una orden expresa, nadie.
—¡Ah…!, ¡y si obtuviese esa orden, Dios mÃo! —prosiguió la extranjera—; ¡él es tan poderoso, que su poder me asusta muchas veces!
—¿Quién es él? —preguntó la hermana.
—Nadie, nadie.
—¿Estará loca? —murmuró la religiosa.