JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, la iglesia, la iglesia —repitió la desconocida como si pretendiera justificar la opinión que comenzaban a formar de ella.
—Venid, hermana mÃa. Voy a acompañaros.
—Vamos pronto, conducidme pronto; vienen persiguiéndome.
—Calmaos, señora; las paredes de San Dionisio no pueden violentarse —contestó la hermana lega con una sonrisa compasiva—, y si estáis tan cansada como habéis dicho, seguid mi consejo, y retiraos a descansar en una buena cama, en vez de mortificar vuestras rodillas sobre las losas del templo.
—No, no: lo que quiero es orar, sÃ, orar para que Dios aparte de mà a los que me persiguen —exclamó la joven desapareciendo por la puerta que la habÃa señalado la religiosa y cerrándola al punto.
La hermana, curiosa a fuer de buena monja, dio la vuelta por la puerta principal, y aproximándose de puntillas, vio al pie del altar a la joven desconocida que oraba, sollozando prosternada en tierra.