JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los guardias franceses, los suizos y los regimientos acantonados en San Dionisio, habían empuñado las armas, y colocábanse en fila para contener aquellas oleadas de hombres, que formando terribles remolinos alrededor de los pórticos de la Basílica, subían a las estatuas que se hallaban en la portada de las Casas Consistoriales. Había gente en todos los sitios; muchachos sobre los cobertizos de las puertas, hombres y mujeres asomados a las ventanas; en fin, millares de curiosos, que prefiriendo como Gilberto, su libertad a las exigencias que siempre impone un lugar custodiado y conquistado entre la multitud, o llegando demasiado tarde, trepaban como hormigas por los troncos y se colocaban sobre las ramas de los árboles que de San Dionisio a la Muette formaban dos filas, por en medio de las cuales debía pasar la princesa.
No es difícil imaginarse la muchedumbre que se dirigió a San Dionisio en la mañana del día para el cual las gacetas y carteles habían anunciado la llegada de la princesa, y que fue a agruparse frente al convento de carmelitas, extendiéndose después por todo lo largo del camino por donde debía llegar y pasar María Antonieta y su comitiva, después que ya no hubo medio de hallar sitio en el radio privilegiado.