JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Se aproximó MarÃa Luisa a la ventana y respiró dulcemente la frescura embalsamada, que subÃa del jardÃn en alas de las brisas de la tarde.
Aguardaba respetuosamente la tornera que la augusta abadesa la despidiese o le diese alguna orden.
Únicamente Dios sabe lo que pensaba la pobre reclusa real en este instante; MarÃa Luisa deshojaba las rosas de un alto tallo que subÃa hasta su ventana y los jazmines que cubrÃan las paredes del patio.
Una fuerte pisada de caballo conmovió la puerta de las habitaciones generales, e hizo estremecer las de la superior.
—¿Algunos de los señores de la corte permanecen en San Dionisio?
—Su Eminencia el cardenal de Rohán, señora.
—¿Están ahà sus caballos?
—Están en el cabildo de la abadÃa, donde Su Eminencia pernoctará.
—Entonces, ¿qué ruido es ese?
—Ese ruido, señora, es causado por el caballo de la extranjera.
—¿De qué extranjera? —preguntó MarÃa Luisa.
—De la italiana que llegó ayer tarde solicitando hospitalidad a Vuestra Alteza Real.
—¡Ah! ¿Dónde se encuentra?
—En la iglesia o en su aposento.