JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Qué ha hecho desde ayer?
—No ha querido más alimento que el pan, y toda la noche la ha pasado rezando en la capilla.
—¡Indudablemente será alguna grande pecadora! —dijo madame Luisa frunciendo el entrecejo.
—No lo sé, señora; con nadie ha hablado.
—¿Qué clase de mujer es?
—Hermosa, pero sus facciones son dulces y altivas a la vez.
—Esta mañana, ¿dónde ha estado mientras se celebró la ceremonia?
—Cerca de la ventana de su aposento, donde la he visto, oculta detrás de las cortinas, fijar una mirada de ansiedad en cada persona que llegaba, como si en cada una de ellas temiese hallar un enemigo.
—¡Tal vez será alguna mujer de ese pobre mundo en que he vivido y he reinado! Que pase.
La tesorera dio un paso para retirarse.
—¿Se sabe su nombre? —preguntó la princesa.
—Lorenza Feliciani.
—No conozco a nadie que se llame asà —dijo madame Luisa pensativa—, pero no importa: introducidla.
Se sentó la superiora en un sillón de encina construido en tiempo de Enrique II y que sirvió de sitial a las nueve últimas abadesas de las carmelitas. Era tribunal formidable ante el cual habÃan temblado muchas novicias vacilantes entre lo espiritual y lo temporal.