JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después de un momento, entró la tesorera conduciendo a la joven del largo velo, a quien ya conocemos.
Madame Luisa, que poseÃa la mirada penetrante de su familia, clavó sus ojos en Lorenza Feliciani, pero encontró en ella tanta humildad, tanta gracia, tan sublime belleza, y descubrió tanta inocencia en sus rasgados ojos negros anegados en lágrimas, que de hostil que le era al principio, convirtióse en benévola y cariñosa.
—Señora, aproximaos y hablad —la dijo.
Temblando, dio un paso la joven y quiso hincar una rodilla en tierra.
Levantóse la princesa.
—¿Os llamáis Lorenza Feliciani?
—SÃ, señora.
—¿Deseáis confiarme algún secreto?
—Señora, lo deseo con toda mi alma.
—Hablad, ¿y por qué no habéis recurrido al tribunal de la penitencia? Yo sólo puedo consolaros: en tanto que un sacerdote consuela y perdona.
Madame Luisa pronunció estas palabras algo conmovida.
—Necesito consuelos por ahora —respondió Lorenza—, y únicamente a una mujer me atreverÃa yo a decir lo que tengo que revelaros.
—¿Tan singular es la narración que tenéis que hacerme?