JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Sí, ¡muy singular! Pero oídme, señora, con paciencia; os repito que sólo con vos puedo hablar, porque sois mujer, porque sois muy generosa y porque necesito un apoyo tan poderoso como el de Dios, un brazo que me defienda.

—¿Os persiguen, acaso, para que os defienda?

—Sí, sí, señora, me persiguen —exclamó la extranjera con indecible espanto.

—Señora, pues entonces, reflexionad una cosa —dijo la princesa—; esta casa es un convento y no una fortaleza, y aquí, no penetran las pasiones de los hombres sino para apagarse; esto es, que aquí no hay ningún poder que pueda resistir al poder de los hombres; este no es el templo de la justicia, de la fuerza y de la represión, sino solamente el templo de Dios.

—He ahí lo que yo busco precisamente —dijo Lorenza—; sí, la casa de Dios, pues sólo en ella puedo vivir tranquila.

—Si Dios no admite venganzas, ¿cómo pretendéis que os venguemos de vuestro enemigo? Dirigíos a los magistrados.

—Nada pueden hacer los magistrados contra la persona que infunde tanto temor.

—Pero ¿quién es? —preguntó la abadesa con secreto e involuntario espanto.

Se aproximó Lorenza a la primera, dominada por una misteriosa exaltación.


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