JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Por qué no escribisteis?
—Durante el viaje, siempre nos detuvimos en casas propias suyas al parecer porque en ellas todo el mundo le obedecÃa. Muchas veces pedà papel, tinta y plumas; pero sin duda estaban prevenidas las personas a quienes me dirigÃa, pues ni aun siquiera recibÃa contestación.
—¿En qué forma viajabais?
—Primero en silla de posta, hasta que en Milán la cambiamos por una especie de casa ambulante, en la que seguimos nuestro camino.
—Mas alguna vez, os dejarÃa sola ese hombre.
—SÃ, entonces se acercaba a mÃ, me decÃa: Duerme, y yo me dormÃa sin despertar hasta que volvÃa.
Madame Luisa movió la cabeza, no dando crédito a esto, y dijo:
—No querrÃais con energÃa marcharos, si no lo hubierais conseguido.
—¡Señora!, a mà me parece que lo querÃa, pero… acaso estaba fascinada.
—¿Por sus amorosas palabras?… ¿por sus caricias?
—Casi nunca me hablaba de amor, y no recuerdo que me haya acariciado, a no ser un beso que me daba en la frente todas las mañanas y otro todas las noches.
—¡Muy extraño es, en verdad! —murmuró la princesa.