JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pero dominada por una sospecha, dijo:
—Vaya, repetidme que no le amáis.
—Lo repito, señora.
—Que no os une a él ningún lazo terrestre.
—Ninguno.
—Que, si os reclama, no podrá hacer valer ningún derecho.
—Os lo aseguro.
—¿Pero cómo habéis venido aqu� —prosiguió la princesa—. Veamos, porque yo me confundo.
—Aprovécheme de una fuerte tempestad que nos sorprendió más allá de una población que me parece que se llama Nancy. Acababa de separarse de mÃ, y estaba en el segundo compartimiento del coche, hablando con un viejo que lo ocupaba: salté sobre su caballo, y huÃ.
—¿Por qué razón disteis la preferencia a la Francia, pudiendo haber regresado a Italia?
«—Comprendà que no podÃa volver a Roma, donde ciertamente creerÃan que yo habÃa sido cómplice de aquel hombre, y, como estaba deshonrada, no me hubieran recibido mis padres.
»DecidÃ, pues, dirigirme a ParÃs y vivir oculta, o bien acogerme a otra capital cualquiera donde pudiese sustraerme a todas las miradas, y especialmente a las suyas.