JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico »A mi llegada a ParÃs toda la ciudad estaba alterada con la noticia de vuestro retiro a este convento; todos ensalzaban vuestra piedad, vuestro celo para con los enfermos, y vuestra compasión hacia los afligidos. Fue un rayo de luz para mÃ, pues me convencà de que vos únicamente tendrÃais bastante generosidad para recibirme y suficiente poder para defenderme».
—¿Aún apeláis a mi poder, hija mÃa? ¿Tan grande es el suyo?
—¡Oh!, extraordinario.
—Pero ¿quién es? Hasta ahora no he querido preguntarlo por delicadeza; pero, si he de defenderos, necesario es que sepa contra quién.
—¡Señora!, tampoco puedo contestaros con seguridad, pues ignoro completamente quién es, y a qué clase pertenece: lo único que sé es que un rey no infunde más respeto, ni Dios más adoraciones que él a las personas a quienes se digna descubrirse.
—Acaso, ¿no sabéis su nombre?
—Lo he oÃdo designar, señora, con muchos y muy diversos, aunque sólo he podido retener dos en mi memoria. El uno es el que le daba ese anciano de quien ya os he hablado, y que fue nuestro compañero de viaje desde Milán hasta que le abandoné; el otro es el que él mismo se daba.
—¿De qué modo le llamaba el anciano? —Acharat… es nombre anticristiano, ¿no es asÃ, señora?