JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Por mÃ, sÃ, mientras no renunciéis a esa protección. Pero no creáis, y sobre todo, no pretendáis que yo crea en esas fantásticas y sobrenaturales visiones que ha engendrado vuestra mente acalorada. Las paredes de San Dionisio serán siempre una muralla inexpugnable para el poder infernal, y contra otro, más terrible aún, que es el poder humano. Decidme ahora lo que os proponéis hacer.
—Estas alhajas son mÃas, y con ellas pienso pagar mi dote en un convento: en este, si es posible.
Y esto diciendo, colocó Lorenza sobre la mesa unos brazaletes preciosos, unas sortijas de gran valor, un diamante magnÃfico y unos elegantes zarcillos. Todo podÃa valer unos veinte mil escudos.
—¿Estas son vuestras joyas? —prosiguió madame Luisa.
—Él me las regaló, señora, y yo las restituyo a Dios. Una cosa nada más deseo.
—La diréis.
—Que Djerid, su caballo árabe, instrumento de mi libertad, le sea devuelto, si lo reclama.
—Y vos, ¿no queréis en manera alguna volver a él?
—No le pertenezco.