JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Es la verdad, según habéis demostrado. ¿Conque deseáis reanudar en este convento las prácticas religiosas interrumpidas en Subiaco por el extraño acontecimiento que acabáis de referirme?

—Señora, es mi más fervoroso deseo, y solicito este favor postrada a vuestras plantas…

—Bien, tranquilizaos —dijo la princesa—, desde hoy viviréis con nosotras, y después que nos demostréis cuánto apetecéis este favor, cuando por vuestra conducta ejemplar lo hayáis merecido, enseguida perteneceréis al Señor, y yo os respondo de que nadie os sacará de San Dionisio, velando sobre vos la superiora.

Lorenza se precipitó a los pies de su protectora, prodigándola las más tiernas muestras de gratitud.

Pero de pronto incorporóse a medias, escuchó, perdió el color y exclamó estremeciéndose:

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

—¿Qué? —preguntó madame Luisa.

—¿Veis cómo se agita mi cuerpo?… ¡ahí viene!, ¡ahí viene!

—¿Pero quién?

—El que juró perderme.

—¡Qué decís!, ¿ese hombre?

—¡Oh! —exclamó con voz llena de amargura—, ya se acerca, ya se acerca.

—Creo que os equivocáis.


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