JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh!, no, señora, ved cómo a mi pesar me atrae… ¡oh!, sujetadme, sujetadme.
—Hija, volved en vos —dijo madame Luisa cogiéndola del brazo—, aun cuando fuera él, estáis aquà segura.
—¡Os digo que se acerca! —gritó la joven atemorizada, con los ojos fijos y los brazos tendidos hacia la puerta.
—¡Qué locura! —exclamó la princesa—: ¡Asà se entra aquÃ…!, serÃa necesario que ese hombre trajera una orden del rey mismo.
—¡Señora!, ignoro cómo ha entrado —exclamó Lorenza haciéndose atrás—, mas no dudéis que sube la escalera… que está a diez pasos… ¡ya llegó…!
Abrieron la puerta de pronto, y la princesa retrocedió asustada de tan extraña coincidencia.
Se presentó una hermana.
—¿Quién sois? —preguntó madame Luisa.
—Yo, señora: acaba de llegar un caballero que desea hablar a Vuestra Alteza Real.
—¿Su nombre?
—El conde de Fénix.
—¿Es él? —interrogó la superiora a Lorenza—, ¿conocéis ese hombre?
—No le conozco, pero él es, él es.
—¿Y qué pretende? —preguntó la princesa a la religiosa.