JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Los individuos todos de la regia comitiva, y multitud de personas deseosas de conocer a María Antonieta, desfilaron por debajo del balcón para saludar al rey y a la princesa que conocía ya a muchos de los que la habían acompañado. Luis XV le nombraba a aquellos que aún no conocía. De vez en cuando salía de sus labios una palabra graciosa, una feliz ocurrencia que llenaba de alegría y orgullo a las personas a quienes se dirigía.

Indignado Gilberto al observar tanta bajeza, dijo para sí:

—Más noble soy yo que todos esos, porque no haría lo que hacen por todo el oro del mundo.

Al tocarle el turno a M. de Taverney y a su familia, Gilberto se incorporó apoyándose sobre una rodilla.

—Os autorizo, caballero Felipe —dijo la princesa—, para acompañar a vuestro padre y a vuestra hermana a París. Oyó Gilberto estas palabras.

—Señor de Taverney —agregó María Antonieta—, no puedo hospedaros todavía: partid, pues, con vuestra hija a París, hasta que haya instalado mi casa en Versalles, y vos, amiga mía, acordaos un poco de mí.

Pasó con sus hijos el barón, y siguiéronles otros muchos a quienes la delfina tenía que decir cosas parecidas a las que había dicho a la familia de Taverney; pero esto importaba muy poco a Gilberto.


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