JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Se deslizó fuera de las matas, y siguió al barón en medio de los gritos confusos de doscientos lacayos que corrían detrás de sus amos, de cincuenta cocheros que respondían a los lacayos y de sesenta coches que rodaban por el empedrado como otros tantos truenos.

Acompañado de sus hijos, M. de Taverney montó en su carruaje.

—Mi amigo —dijo Felipe al lacayo que se precipitaba a cerrar la portezuela—, sube al pescante con el cochero.

—¿Por qué? —preguntó el barón.

—No ha descansado en todo el día, y debe hallarse rendido.

Murmuró el barón algunas palabras que Gilberto no pudo oír. El lacayo tomó asiento al lado del cochero; mas en el momento de emprender el camino, se advirtió que uno de los tirantes se había desatado.

Bajó entonces el cochero, y el carruaje permaneció todavía un instante parado.

Gilberto se aproximó.

—Muy tarde es —dijo el barón.

—Estoy tan rendida… —murmuró Andrea—. Quiera Dios que al menos encontremos donde descansar esta noche.


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