JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Asà lo espero —contestó Felipe—: He enviado directamente a La-Brie y Nicolasa desde Soissons a ParÃs con una carta para un amigo, en la que le recomiendo nos disponga un pabellón que su madre y su hermana habitaron el año pasado. No es lujoso, pero al menos podremos vivir cómodamente.
—Pardiez —observó el barón—, siempre será mejor que Taverney.
—Asà es por desgracia, padre mÃo —contestó Felipe sonriendo con melancolÃa.
—¿Hay árboles? —preguntó Andrea.
—Muy hermosos, sólo que no disfrutarás de ellos probablemente mucho tiempo, pues serás presentada tan luego como se efectúe el casamiento.
—Nos abandonamos mucho a las ilusiones. Dime, Felipe, ¿diste las señas al cochero?
Al oÃr Gilberto esta pregunta, escuchó con ansiedad.
—SÃ, señor —contestó el joven.
Viendo Gilberto frustrada su esperanza, dijo para sÃ:
—Y qué importa, los seguiré. Desde aquà a ParÃs no hay más que una legua.
Cuando se ató el tirante, volvió el cochero a ocupar su asiento, y el carruaje empezó a rodar.