JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Pero los caballos del rey corren mucho cuando no necesitan ir en hilera: el pobre Gilberto se acordó más de una vez del camino de La-Chaussée, de su desmayo y de la inutilidad de sus esfuerzos.

Notando que el carruaje se adelantaba, y que le sería absolutamente imposible seguirle hasta París, nuestro joven precipitó cuanto pudo su carrera, y consiguió alcanzar el estribo que había dejado vacante el lacayo fatigado, se agarró a él y se sentó. Mas le ocurrió la idea de que aquel sitio era la trasera del coche de Andrea, y que había ocupado el sitio de un lacayo.

—¡Oh!, no, no —murmuró el inflexible joven—: No se dirá que no he combatido hasta el último instante. Mis piernas están ya cansadas, pero mis brazos no lo están.

Y agarrando con ambas manos el estribo sobre el cual había puesto la punta de sus zapatos, se dejó arrastrar debajo del asiento, y a pesar de los vaivenes y sacudidas se sostuvo por el vigor de sus brazos en aquella posición difícil, antes que capitular con su conciencia.

—Yo averiguaré donde vive —murmuró—; pasaré otra mala noche, pero mañana descansaré en mi silla, copiando música. Además, tengo todavía dinero, y si quiero podré dormir dos horas.


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