JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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En esto pensó, que como París era tan grande, podría fácilmente perderse, pues no le conocía, cuando el barón y sus hijos llegasen a la casa que les había preparado Felipe.

Mientras hacía estas reflexiones, Gilberto observó que cruzaba una gran plaza, en medio de la cual se elevaba una estatua ecuestre.

—¿No es esta la plaza de la Victoria? —exclamó alegre y asombrado a la vez.

Dio una vuelta el coche, y Andrea se asomó a la portezuela.

—Ya hemos llegado —dijo Felipe—: Esa es la estatua del difunto rey.

Bajaron una pendiente muy rápida, donde Gilberto corrió riesgo de caer bajo la rueda.

—Acabamos de llegar —dijo Felipe.

Gilberto se dejó caer al suelo, y se lanzó al otro lado de la calle, escondiéndose detrás de un pilar.

El primero que saltó del coche fue Felipe y recibió a Andrea en sus brazos.

Bajó el último el barón.

—¡Hola! —dijo—: ¿Si pretenderán tal vez esos belitres que pasemos aquí la noche?

Enseguida se oyó la voz de La-Brie y Nicolasa, y se abrió una puerta.

Penetraron los tres viajeros en un zaguán oscuro, cuya puerta se cerró al punto tras ellos.


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