JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Partieron el coche y los lacayos en dirección de las caballerizas del rey.
La casa en que acababan de entrar los tres viajeros no tenÃa nada de notable; pero al pasar el coche, alumbró la casa contigua, y Gilberto pudo leer:
Hotel d’Armenonville.
Como ignoraba el nombre de la calle, se dirigió hacia el extremo más próximo, y quedó no poco asombrado al hallarse junto a la fuente en donde acostumbraba beber. Anduvo diez pasos por una calle paralela a la que dejaba, y reconoció la casa del tahonera donde compraba el pan.
TodavÃa vacilaba, y retrocedió hasta el ángulo de la calle. A la luz de un reverbero leyó en una piedra blanca las tres palabras que pocos dÃas antes habÃa leÃdo cuando regresaba de herborizar con Rousseau en los bosques de Meudon:
Calle de Plastrière.
Se hallaba Andrea a cien pasos de él, menos lejos que habÃa estado en Taverney del humilde aposento que ocupaba cerca de la reja del castillo.
Encaminóse hacÃa la casa de su protector, y pronto llegó a su puerta, aguardando que habrÃan tirado del cordón que levantaba el picaporte interior; mas como la suerte se habÃa propuesto protegerle aquel dÃa, halló el cordón, tiró de él, y enseguida cedió la puerta.