JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Hija mÃa, ya veis —prosiguió el conde sin que su voz hubiese perdido nada de su amenazadora dulzura—, que he procurado hacer esta prisión habitable para una reina, y aunque lo fueseis, nada os faltarÃa aquÃ. Calmad, pues, esa exaltación absurda; vivid aquà como hubierais vivido en vuestro convento; habituaos a verme; amadme como a un hermano. Yo tengo grandes pesares, os los confiaré; una sonrisa de vuestros labios me consolará de mis crueles desilusiones. Cuanto más buena, sufrida y resignada os vea, más adelgazaré los hierros de vuestra celda. ¡Quién sabe! Dentro de un año, de seis meses, os veréis tan libre como yo, en términos que ya no trataréis de robarme vuestra libertad.
—¡No, no! —exclamó Lorenza—, basta ya de promesas, basta ya de engaños; me habéis raptado violentamente: yo soy dueña de mi libertad, y ya que no queréis devolvérmela, tolerad al menos que me consagre a Dios. Si he sufrido hasta ahora vuestro despotismo, ha sido porque no olvidaba que me arrancasteis del poder de unos bandidos que iban a deshonrarme; pero ya se debilitó esa gratitud, y si os empeñáis en tenerme algunos dÃas más encerrada en esta prisión, perderé hasta el último vestigio de agradecimiento, y tarde o temprano creeré que tenÃais relaciones misteriosas con ellos.
—¿Conque serÃais capaz de creerme jefe de bandidos?