JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Quién sabe!, sorprendà ciertas señas, ciertas palabras…
—¡Cómo! —interrumpió el conde palideciendo.
—SÃ, sà —prosiguió Lorenza—, las sorprendÃ, las sé, no las desconozco.
—Pero nunca las repetiréis a nadie: las guardaréis para siempre en vuestra memoria.
—¡No; todo lo contrario! —exclamó Lorenza gozosa de encontrar en su cólera el sitio vulnerable de su antagonista—. Conservaré religiosamente en mi memoria esas palabras; me las repetiré a mà misma en voz baja cuando me halle sola, y las pronunciaré en voz alta cuando se presente una ocasión: ya las he dicho.
—¿A quién? —preguntó Balsamo.
—A la princesa Luisa.
—Pues bien, Lorenza, acordaos de lo que vais a oÃr —dijo el conde cerrando convulsivamente los puños para reprimir su enojo—: Si las habéis dicho, no las volveréis a decir; no, porque esas puertas no se abrirán jamás, porque aguzaré las puntas de esos hierros, porque levantaré, si es necesario, las paredes de ese patio tan altas como las de Babel.
—Os he dicho ya —replicó Lorenza—, que se rompen fácilmente las cadenas, cuando el amor a la libertad se refuerza con el odio que inspira el tirano.