JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No lo haré: vos misma me habéis prevenido de lo que harÃais contra mÃ.
—Entonces —exclamó Lorenza—, asesinadme, asesinadme ahora mismo.
Levantóse con la agilidad y la rapidez de una fiera, y se precipitó con ánimo de romperse la cabeza contra la pared.
Balsamo, extendiendo hacia ella su mano, pronunció con la voluntad más que con los labios una sola palabra, que fue suficiente para contenerla. La joven se detuvo súbitamente, vaciló, y cayó dormida en sus brazos.
El misterioso encantador, que dominaba al parecer toda la parte material de aquella mujer, pero que luchaba inútilmente contra la parle moral, la alzó en sus brazos, la llevó a la cama, y estampó un beso en sus labios, corrió las cortinas y salió.
Un sueño dulce y tranquilo envolvió a la joven como el manto de una tierna madre envuelve al hijo mimado después de haber sufrido mucho y llorado con el mayor desconsuelo.