JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No se engañaba Lorenza. Después de cruzar la barrera de San Dionisio, y seguir en toda su longitud el arrabal del mismo nombre, un coche, dando la vuelta entre la puerta y el ángulo formado por la última casa, continuaba rodando a lo largo del bulevar.
Iba en el coche, como había dicho Lorenza, M. Luis de Rohán, obispo de Estrasburgo, que impulsado por su impaciencia, venía a ver antes del tiempo fijado, al hechicero en su misterioso domicilio.
El cochero, a quien las muchas y galantes aventuras del buen prelado habían hecho aguerrido contra la oscuridad, los barrancos y los peligros de ciertas calles tenebrosas, no se acobardó en lo más mínimo cuando después de haber seguido los bulevares de San Dionisio y San Martín, todavía poblados e iluminados, le fue preciso entrar en el bulevar desierto y sombrío de la Bastilla.
Detúvose el carruaje en el ángulo de la calle de San Claudio, y según la orden del amo fue a ocultarse bajo los árboles, a veinte pasos de distancia.
M. de Rohán, en traje de seglar, se deslizó entonces en la calle y llamó tres veces a la puerta de la casa que pudo sin dificultad reconocer por la descripción que le había hecho de ella el conde de Fénix.