JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Un movimiento de cabeza del prelado indicó que consentÃa en ello, y el lacayo se dirigió con paso acelerado hacia la puerta de la antesala, alumbrada por un candelabro de bronce.
Admirado y pensativo le seguÃa el cardenal.
—Amigo mÃo —dijo parándose en la puerta del salón—, aquà hay sin duda equivocación, y en ese caso no quisiera molestar al señor conde: es imposible que me espere, no sabiendo que debÃa venir.
—¿No es monseñor, Su Eminencia el cardenal prÃncipe de Rohán, obispo de Estrasburgo? —preguntó Fritz.
—SÃ, amigo mÃo.
—Pues sois el mismo a quien espera mi amo.
Encendió las bujÃas de otros dos candelabros, hizo una reverencia y salió.
Transcurridos cinco minutos, durante los cuales sufrió el cardenal una singular emoción, se puso a examinar los muebles elegantes que decoraban aquel salón. Se abrió la puerta, y el conde de Fénix apareció en el umbral.
—Buenas noches, monseñor —dijo sencillamente.
—Me han dicho que me aguardabais esta noche —exclamó el cardenal sin responder al saludo—: Esto me parece imposible.