JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Efectivamente, os estaba esperando —contestó el conde—. Acaso dudéis de mis palabras, al comprender el indigno recibimiento que os hago: pero como hace muy pocos dÃas que he llegado a ParÃs, no he tenido tiempo de disponer nada. Ruego, pues, a Su Eminencia se sirva disimularme.
—¡Qué me esperabais!, ¿y quién os ha participado mi visita?
—Monseñor, vos mismo.
—¿Cómo?
—¿No habéis hecho detener vuestro coche en la barrera de San Dionisio?
—SÃ.
—¿Es verdad que llamasteis a vuestro lacayo, y que bajó del coche para recibir vuestras órdenes?
—Es cierto.
—¿No le indicasteis calle de San Claudio, por el arrabal de San Dionisio y el bulevar, cuyas palabras repitió al cochero?
—SÃ. ¿Pero me habéis visto?, ¿me habéis oÃdo?
—Os he visto, monseñor, os he oÃdo.
—¿Estabais all�
—No me hallaba allÃ, monseñor.
—¿Pues dónde os encontrabais?
—AquÃ.
—¿Y desde aquÃ, pudisteis verme y oÃrme?