La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Conoces el juramento que debes pronunciar? —preguntó el presidente al prÃncipe.
—No; pero decÃdmelo, y sea cual fuere, le repetiré.
—Es terrible, sobre todo para ti.
—No lo será más que los ultrajes recibidos.
—Lo es tanto —añadió el presidente—, que te dejaremos en libertad de retirarle si dudas en cumplirla con toda su rigidez.
—Dictadle.
El presidente fijó en el adepto una mirada penetrante, y después, como si hubiese querido prepararle poco a poco a la sangrienta promesa, invirtió el orden de los párrafos, comenzando por el segundo en vez de hacerlo por el primero.
—Jura —dijo—, honrar el hierro, el veneno y el fuego, como medios seguros, rápidos y necesarios para purgar el mundo, por la muerte, de aquellos que tratan de envilecer la verdad o de arrancarla de nuestras manos.
—¡Juro! —contestó el prÃncipe con voz firme.
—Jura —continuó el presidente—, romper los lazos carnales que te unen todavÃa con padre, madre, hermanos, hermanas, esposa, parientes, amigos, querida, reyes, bienhechores y toda persona cualquiera a quien hayas prometido fe, obediencia, agradecimiento o servicio.