La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¿Por qué no le hubo de sobrevenir esa enfermedad en la mañana del día en que pronunció su gran discurso sobre la bandera tricolor? —exclamó.

Y como se arrepintiese de haber dejado escapar delante de Gilberto la expresión de su odio a ese emblema de la nacionalidad francesa, añadió:

—No obstante, sería una desgracia para Francia y para nosotros que esa indisposición progresase.

—Creía haber tenido el honor de decir a la Reina —repitió Gilberto—, que era más que una indisposición, que era una enfermedad.

—Que conseguiréis dominar, doctor —replicó la Reina.

—Haré todo lo posible, señora; pero no respondo.

—Doctor —repuso la Reina—, espero de vos que me daréis noticias del señor de Mirabeau.

Y habló de otra cosa.

Por la noche, a la hora señalada, Gilberto subía la escalera de la habitación de Mirabeau.

Este último le esperaba recostado en una otomana; pero como le habían hecho esperar algunos instantes en el salón, bajo pretexto de avisar al conde su presencia, el doctor paseó una mirada en torno suyo al entrar, y sus ojos se fijaron en un chal de cachemira olvidado en un sillón.


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