La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Mirabeau le dejó hacer; desde que estaba seguro de morir, no temía al parecer a su médico.

Apenas amaneció, mandó abrir las ventanas.

—Querido doctor —dijo a Gilberto—, hoy es cuando moriré, y llegado el caso en que me encuentro, no debo pensar más que en perfumarme y coronarme de flores, a fin de entrar lo más agradablemente que sea posible en el sueño de que no se despierta… ¿Se me da permiso para hacer lo que quiera?

El doctor hizo una señal afirmativa.

El enfermo llamó a los dos criados.

—Juan —dijo a uno—, traedme las más hermosas flores que se puedan encontrar, mientras que Teisch se encarga de arreglarme, dejándome lo más guapo que sea posible.

Juan miró a Gilberto como pidiéndole permiso, y este le hizo una señal afirmativa.

En cuanto a Teisch, que había estado muy indispuesto la víspera, comenzó por afeitar a su amo, rizándole después los cabellos.

—A propósito —le dijo Mirabeau—, ayer estabas enfermo, mi pobre Teisch, ¿cómo sigues hoy?

—¡Oh! Muy bien, querido amo —contestó el honrado servidor—, y quisiera que estuvieseis en mi lugar.


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