La Condesa de Charny

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—Pues bien; yo —contestó el enfermo sonriéndose—, por poco apego que tengas a la vida, no te deseo que estés en el mío.

En aquel momento resonó un cañonazo. ¿De dónde procedía? Jamás se supo nada.

El enfermo se estremeció.

—¡Oh! —exclamó incorporándose—, ¿son ya los funerales de Aquiles?

Apenas Juan, hacia el que todos se habían precipitado para pedirle noticias del ilustre enfermo, hubo dicho que iba a buscar flores, varios hombres comenzaron a correr por las calles gritando: «¡Flores para el señor Mirabeau!», y todas las puertas se abrieron, ofreciendo cada cual las que tenía, ya en las habitaciones o ya en los invernaderos; de modo que en menos de un cuarto de hora, la casa del enfermo estuvo llena de las flores más raras.

A las nueve de la mañana, la habitación de Mirabeau estaba convertida en un verdadero parterre.

En aquel momento, Teisch acababa de arreglar a su amo.

—Querido doctor —dijo Mirabeau—, os pediré un cuarto de hora para despedirme de una persona que debe salir de la casa antes que yo. Por si tratasen de insultarla, os la recomiendo.

El doctor comprendió.

—Bien —dijo—, voy a dejaros.


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