La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Sí, pero esperaréis en la habitación contigua; porque una vez fuera esa persona, ya no me abandonaréis hasta que muera.

Gilberto hizo una señal afirmativa.

—Dadme vuestra palabra.

El doctor se la dio balbuciendo. Este hombre estoico se admiraba al sentir lágrimas en sus ojos, él que pensaba haber llegado a la insensibilidad a fuerza de ser filósofo.

Después se adelantó hacia la puerta.

Mirabeau le detuvo.

—Antes de salir —dijo—, abrid mi pupitre y dadme un cajoncito que encontraréis.

Gilberto hizo lo que Mirabeau deseaba.

Aquel cajoncito era pesado, y el doctor pensó que estaría lleno de oro.

Mirabeau le hizo una seña de ponerlo sobre la mesa de noche.

—Tendréis la bondad de enviarme a Juan —dijo—, a Juan, entendedlo bien, y no a Teisch, pues me fatiga mucho llamar.

Gilberto salió. Juan esperaba en la habitación contigua y entró cuando Gilberto salía.

Detrás del criado, el doctor oyó que cerraban la puerta con llave.


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