La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Hacia la misma hora, en la calle de Coq-Héron, número 9, en un salón que ya conocemos, y sentada en un canapé donde ya la hemos visto, una mujer joven, hermosa, tranquila al parecer, pero muy conmovida en el fondo de su corazón, hablaba con un joven de veintitrés o veinticuatro años, de pie delante de ella, que vestÃa chaqueta de correo de color de gamuza, pantalón de piel ceñido y botas acampanadas: sus armas consistÃan en un cuchillo de caza.
En la mano tenÃa un sombrero redondo y galoneado.
La mujer parecÃa insistir, y el joven se excusaba.
—Pero una vez más, Vizconde —decÃa la dama—, ¿por qué no ha venido él mismo, haciendo dos meses y medio que está de regreso en ParÃs?
—Mi hermano, señora, me encargó varias veces desde su vuelta que viniera a daros noticias suyas.
—Ya lo sé, y se lo agradezco mucho, asà como a vos, Vizconde; pero me parece que en el momento de marchar hubiera podido venir él mismo a despedirse de mÃ.
—Sin duda, señora; pero le habrÃa sido imposible, puesto que me ha dado a mà el encargo.
—Y, ¿será largo el viaje que emprendéis?
—Lo ignoro, señora.
—Digo emprendéis, vizconde, porque, a juzgar por vuestro traje, debo pensar que también estáis de marcha.