La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Quién podrÃa decirlo, señora? —replicó Isidoro, tratando de eludir la pregunta—. ¿En qué lugar no hay peligro en la época en que vivimos?… El 5 de octubre por la mañana, si se hubiese preguntado a nuestro pobre hermano Jorge si creÃa correr peligro, seguramente habrÃa contestado que no; pero al dÃa siguiente estaba echado, pálido y sin vida, a través de la puerta de la Reina. El peligro, señora, en la época en que estamos sale de la tierra, y a veces uno se encuentra con la muerte sin saber de dónde viene ni quién la ha llamado.
Andrea palideció.
—De modo —dijo—, que hay peligro de muerte, ¿no es verdad, Vizconde?
—No he dicho eso, señora.
—No, pero lo pensáis.
—Pienso, señora, que si tenéis algo importante que decir a mi hermano, puesto que la empresa en que se aventura, asà como yo, es bastante grave, os lo advierto para que, de viva voz o por escrito, me encarguéis de transmitirle vuestro deseo o recomendación.
—Está bien, Vizconde —dijo Andrea levantándose—, os pido cinco minutos.
Y con aquel paso lento y frÃo que le era habitual, la Condesa entró en su habitación, cerrando la puerta tras sÃ.