La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Esperad —dijo Andrea— y comprended bien lo que voy a deciros: si vuestro hermano, si el señor conde de Charny lleva a cabo sin accidente la empresa en que se aventura, nada hay que decirle más de lo que os he dicho, simpatÃa por su lealtad y admiración por su carácter… Si es herido… —la voz de Andrea se alteró ligeramente—, si recibe una herida grave, le rogaréis que me conceda la gracia de reunirme con él, y si me la otorga, me enviaréis un mensajero que me diga con seguridad dónde encontrarle, porque yo marcharÃa al punto; si está herido de muerte… —la emoción estuvo a punto de cortar la palabra de Andrea—, le entregaréis esta carta; si no puede leerla, leedla vos, pues antes de que muera quiero que sepa lo que le digo. Dadme vuestra palabra de caballero de que procederéis como deseo, Vizconde.
Isidoro, tan conmovido como la Condesa, ofreció su mano.
—Por mi honor, señora —dijo.
—Pues entonces, tomad esta carta y adiós, Vizconde.
El joven tomó la carta, besó la mano de la Condesa y salió.
—¡Oh! —exclamó Andrea, dejándose caer en su canapé—, si muere, quiero que por lo menos sepa que le amo.