La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—La Reina me dijo en voz baja: «Leonardo, espero que puedo contar con vos». —¡Ah!, señora, contesté, disponed de mí; Vuestra Majestad sabe que le soy fiel en cuerpo y alma. «Pues tomad estos diamantes y guardadlos en vuestro bolsillo, y llevad esta carta a la calle de Artois, al duque de Choiseul, cuidando de entregarla en propia mano; si no ha vuelto aún, le encontraréis en casa de la señora de Grammont». Cuando me alejaba ya para obedecer las órdenes de la Reina, Su Majestad me llamó de nuevo: «Poneos un sombrero de anchas alas y un gran levitón, a fin de que no os reconozcan, querido Leonardo, añadió, y sobre todo, obedeced al señor de Choiseul como a mí misma». Entonces subí a mi habitación, tomé el sombrero y la hopalanda de mi hermano, y heme aquí.

—¿Con que —preguntó el señor de Choiseul—, la Reina os ha recomendado que me obedezcáis como a ella misma?

—Son las augustas palabras de Su Majestad.

—Me alegro mucho que recordéis tan bien esa recomendación verbal; la veo escrita igualmente aquí, y como debo quemar la carta, leedla.

Y el señor de Choiseul dejó ver a Leonardo el pie de la carta, donde este leyó en alta voz:

«He dado a mi peluquero Leonardo orden de obedeceros como a mí misma, y se la repito aquí de nuevo».


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