La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Comprendéis? —preguntó el señor de Choiseul.
—¡Oh!, caballero, creed que bastaba con la orden verbal de Su Majestad.
—No importa —dijo el señor de Choiseul.
Y quemó la carta.
En aquel momento entró el criado y anunció que el coche estaba dispuesto.
—Vamos, venid, amigo Leonardo —dijo el Duque.
—¿Cómo, he de ir yo? ¿Y los diamantes?
—Los lleváis con vos.
—¿Adónde?
—Adonde yo os conduzca.
—Pero ¿adónde me lleváis?
—A pocas leguas de aquí, a un sitio en que debéis cumplir una misión particular.
—Señor Duque, esto es imposible.
—¡Cómo imposible! ¿No os ha dicho la Reina que me obedezcáis como a ella misma?
—Es verdad; pero ¿cómo hacerlo? He dejado la llave en la puerta de nuestra habitación; cuando mi hermano vuelva no encontrará su hopalanda ni su sombrero, y no viéndome no sabrá dónde estoy. Por otra parte, he prometido peinar a la señora Aage, que me espera; y la prueba es, señor Duque, que mi cabriolé y mi criado están en el patio de las Tullerías.