La Condesa de Charny

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—¡Pues bien, querido Leonardo —replicó el señor de Choiseul riéndose—, cómo ha de ser! Vuestro hermano comprará otro sombrero y otra hopalanda; peinaréis a la señora de Aage otro día; y vuestro criado, viendo que no volvéis, desenganchará el caballo para conducirlo a la cuadra. El nuestro nos espera, marchemos.

Y sin hacer más caso de las quejas y lamentos de Leonardo, el duque de Choiseul le hizo subir al cabriolé, a pesar de su desesperación, y lanzó su caballo al trote largo hacia la barrera de la Petite-Villette.

El duque de Choiseul no había traspasado aún las últimas casas de la Petite-Villette, cuando un grupo de cinco personas que volvían del club de los Jacobinos desembocó en la calle de San Honorato, dirigiéndose hacia el Palais-Royal y admirando la profunda tranquilidad de aquella noche.

Estas cinco personas eran: Camilo Desmoulins, que refiere el hecho él mismo, Danton, Fréron, Chénier y Legendre.

Llegados a la altura de la calle de la Escala, y dirigiendo una mirada a las Tullerías, Camilo Desmoulins exclamó:

—A fe mía, diríase que París está más tranquilo esta noche, como si lo hubieran abandonado. En todo el trayecto que acabamos de recorrer no hemos encontrado una sola patrulla.


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